A veces, la paz no llega de forma espontánea; se construye. Es el resultado de un trabajo consciente, de una voluntad que decide armonizar la inteligencia con el corazón. En este segundo poema, los invito a explorar ese “viaje suave” hacia el interior, donde los miedos se desvanecen y aprendemos que somos los arquitectos de nuestro propio bienestar. Es una oda a la paciencia, al perdón y a la fuerza que surge cuando nos reconocemos en unidad con el universo.
Medito
Medito en la afinidad de la plenitud vivida,en los instantes de encuentro, con mi ser en armonía, fluyendo en el universo, sin el peso de la vida.
Medito en la naturaleza, de majestuosa creación, de perfecta sinfonía, de incomparable grandeza.
Medito en los grandes momentos de afinidad con la gente, de convivencia amorosa y la gentil empatía.
Medito en las grandes obras que por amor fueron hechas, por artistas que retratan de este mundo su belleza.
Medito en los sentimientos de la más noble esencia: el agradecimiento y la compasión eterna, sin distingo y sin reserva a todo lo que me rodea.
Entro así al suave viaje de la paz y la mesura, equilibrio de cordura en comunión con mi alma. El perdón está surgiendo con su fuerza repentina: no soy más la presa fácil del rencor y de la ira.
Me reconozco elegido para amar y ser amado, para entregarme al mundo y recibir lo que es dado, para compartirlo en vida con mis seres más amados.
Abro mi mente y mi alma a la bendita abundancia, legado de mis ancestros, gracia concedida, que me será entregada a su tiempo y su medida.
Junto mi alma y conciencia, también a mi inteligencia, con engranes de paciencia, de autocompasión vestidas, pues la vanidad no tiene en mi pecho acogida.
Persisto alegre y confiado, andando en mis tareas, con la certeza que el miedo —mordaz y traicionero, paralizante de sueños— no será mi compañero. Fluirá con mi conciencia, de su efímero ajetreo, desapareciendo presto, abandonando mi tiempo.
Recurrir en el momento de angustia y desespero al iluminado encuentro que he experimentado, es la clave de alcanzar la paz que viene de adentro, que no se deja abatir por los fantasmas externos.Medito y sigo el camino de amor que me he propuesto, de siempre amarme a mí mismo y entregarme al destino que forjo con buen acero, prevaleciente y certero.
Reflexión Final
La verdadera libertad comienza cuando dejamos de ser presas del rencor y el miedo. Cuando ajustamos esos “engranes de paciencia”, el destino deja de ser algo que nos sucede para convertirse en algo que forjamos con amor y claridad..
¿Cuál es el “fantasma externo” que hoy decides soltar? Comparte tu reflexión con nosotros.